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Déficit y relato

Gustavo Toledo

A medida que el equipo económico pierde fuelle en la interna del oficialismo y el ministro del ramo se encorva hacia el abismo de su ego sin orillas, comienzan a encenderse las primeras luces amarillas de una economía también en declive. Y no sólo por las turbulencias que se registran en el vecindario sino por los desaciertos del propio gobierno y su falta de responsabilidad –hay que decirlo- en el manejo de las cuentas públicas.

Pues, de un tiempo a esta parte, los pronósticos de los técnicos de la calle Paraguay no condicen con los hechos y sus explicaciones retumban en el vacío, mientras el máximo (¡y único!) crédito del Astorismo – el propio Danilo Astori- se aferra al sillón ministerial hasta pegar el salto -si las alianzas electorales se lo permiten- al Senado.

Ayer nomás, la prensa dio cuenta de un nuevo incremento del déficit fiscal, que llegó al 4,9% del PBI (el nivel más alto de los últimos treinta años), al tiempo que la deuda pública trepa por encima de lo tolerable, el desempleo continúa su tendencia al alza y las empresas no dejan de cerrar.

Si bien Astori y compañía ensayan explicaciones incomprensibles y proclaman a los cuatro vientos su interés de reducir el desequilibrio fiscal y evitar que la deuda siga acumulándose, nadie -empezando por ellos mismos- señala cómo lo harán en un eventual cuarto gobierno, pues aún ni siquiera se pusieron de acuerdo en si el contador y su equipo van a seguir siendo de la partida.

Para la izquierda dura -más dura que izquierda, por cierto-, que todo indica que volverá a ser mayoría dentro del FA, el erario público es una canilla abierta de la que mana el dinero y que alcanza con decir que sí a cuanto reclamo o pedido le hagan para que reine la felicidad y fluyan los votos; eso sí, sin que nadie se tome el trabajo de reparar en quién va a pagar el almuerzo, como reclamaba Milton Friedman. “Que pague más el que tiene más”, dicen por ahí, casi por reflejo condicionado, cuando los que pagan más no son precisamente los que tienen más sino los que trabajan más… Como bien lo sabe nuestra extenuada clase media.

Ahora bien, no es sólo el equipo económico el que está en crisis –los números dan cuenta de ello, tanto los de las planillas de Excel como los de las encuestas- sino también el relato tejido desde el propio MEF, según el cual “el equilibrio fiscal no es de izquierda ni de derecha”, y con el que pretendieron vendernos gato por libre a lo largo de casi quince años, asegurándonos que no sólo no harían temblar las raíces de los árboles -como habían prometido en su momento-, sino que no toquetearían el “sistema” contra el que escribieron infinidad de libros y artículos, como el mismísimo Astori, vociferaron en cuanto estrado pudieron -el presidente Vázquez, por ejemplo-, y hasta se levantaron en armas en un pasado que sólo desempolvan para disfrazarse de defensores de la democracia o servir de argumento para el guión de alguna película de ciencia ficción, como el ex presidente Mujica.

Claro que ese relato no incluye un ítem titulado “costos” (¿para qué?), que se hace ostensible en estos momentos cuando el daño ya está hecho, el déficit alcanza la estratosfera y la presión fiscal sobre el sector productivo se volvió insostenible.

Es una pena que estos señores, acostumbrados a abrevar en la historia para justificar y legitimar sus genialidades, no hayan reparado en que el Primer Batllismo –con el que más de un cagatinta de pluma militante se le ocurrió comparar al aquelarre actual y más de un oportunista de otras tiendas busca mimetizarse- manejó las finanzas públicas con absoluto rigor, priorizando el equilibrio fiscal como dan cuenta sendas investigaciones, al punto de que varios autores estiman que ese “conservadurismo” es un rasgo característico de ese modelo.

Claro que el equilibrio fiscal no es un fin en sí mismo, pero sí es una condición necesaria para generar el marco de sustentabilidad de las políticas sociales que se pretendan llevar a cabo, como fue el caso precisamente de la experiencia batllista a principios del siglo pasado. Una experiencia en la que confluyeron un fuerte liderazgo político, una enorme cuota de realismo y un efectivo sentido de la responsabilidad, acompañada y refrendada por señales de austeridad personal emanadas desde lo más alto de la pirámide del poder.

A propósito, cuenta Domingo Arena en un precioso librito sobre Batlle y Ordóñez, que cuando éste ocupó la presidencia por segunda vez, trajo de Francia todos los muebles con los que alhajó su casa-quinta de Piedras Blancas, pero a la hora de pagar los derechos aduaneros se sorprendió de que fueran tan bajos; protestó por ello, le explicaron que era costumbre subvalorar lo importado y, poniéndose firme, exigió que le cobraran lo que correspondía y así lo hizo.

Asimismo, por sólo citar un par de ejemplos más, fue conocido el celo con el que cuidaba el uso de los autos oficiales para evitar gastos de combustible innecesarios (igualito que ahora, ¿no?) o su obsesión por pagar de su bolsillo una onerosa cuenta que quiso cobrarle un hotelero del litoral por un día de hospedaje en el marco de una visita oficial.

Eso no tiene nada de relato; se llama ejemplaridad. La contracara de los circos ministeriales, las tarjetas corporativas y la pompa oficial de las que hicieron uso el presidente y su corte a lo largo de estos años, pese a proclamarse de izquierda. Y progresistas, faltaba más.

 

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