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Desplazamientos

Gustavo Toledo

Al gobierno de Tabaré Vázquez aún le resta un año y monedas de gestión, que dedicará –con toda seguridad- a hacer la plancha, mientras su “fuerza política” persistirá en su intento de saltearse la Constitución y la opinión de la mayoría de la ciudadanía manifestada en una consulta popular, tratando de aprobar el voto desde el exterior, el viejo sueño del granero de votos de reserva y que ahora procuran concretar con la desesperación del náufrago que descubre un par de tablas en el medio del mar y teme que una ola cambie su destino.

Como es sabido, los ejércitos en retirada no reparan en formalismos, ni en detalles como ese. ¿Constitución? ¿Leyes? ¿Plebiscitos? Minucias al lado del sillón, el auto oficial y el sueldito que podrían desvanecerse de un día para el otro, si la ciudadanía –tan volátil en estos tiempos- decide cambiar el voto en un eventual balotaje y renunciar a la revolución imaginaria que le vendieron envuelta en papel tricolor hace 14 años. Peligros que corren los oficialismos en las “democracias burguesas”, pero de los que están libres -¡por suerte!- los hermanos de la runfla bolivariana.

Se les impone, así, una prioridad por encima de cualquier otra: sobrevivir; y el vale todo se vuelve en los hechos el santo y seña que los hermana en la lucha. “Mandíbula o bocado, no hay más opciones”, diría un duro en el arte de arrugar (Jorge Asis dixit).

Imposibilitados de echarle la culpa a la “herencia maldita”, optan por barrer la realidad debajo de la alfombra. Pero el bulto es tan alto, que evoca al cerro de las Ánimas.

Mientras tanto, se multiplican los problemas. El semáforo de la economía sigue clavado en amarillo desde hace rato; aumenta el desempleo; las inversiones se reducen; el agro cruje; y el déficit fiscal trepó a niveles no vistos desde la crisis de 2002.

En los barrios humildes la inseguridad hace estragos producto del auge del delito, la droga y de una contracultura que se gestó a la sombra de nuestras culpas e indiferencias. Se multiplican los compatriotas que duermen, comen y mueren en las calles, pero nadie los ve. Ni los quiere ver.

Nuestro sistema educativo tiene como único gran tema de debate la inclusión o no del lenguaje inclusivo en las aulas, al tiempo que se expande el pase social y el analfabetismo funcional, una vía rápida y expedita a la exclusión.

Pero “no hay crisis, ni la habrá”, gritan Vázquez y Astori con voz ronca casi al unísono, confirmando que la izquierda –cuando se traiciona a sí misma- alcanza niveles de patetismo que la derecha por razones ontológicas jamás podrá lograr.

En suma, sin agenda, sin ideas, ni utopías (ni las viejas, si quiera), el FA –en términos existenciales- desapareció. Se suicidó como proyecto de cambio. Sobrevive la carcasa, un par de banderas desteñidas y un lote de paniaguados y nostálgicos, algunos excesivamente aburguesados, otros excesivamente nerviosos, que, llegado el momento pueden agarrar para cualquier lado.

En este contexto, la oposición no debería desperdiciar la oportunidad de demostrar el vacío en el que nada el gobierno, y copar el segmento de la propuesta y la certeza, desplazándose hacia el centro. Eso sí, con pienso y visión estratégica. Cualidades escasas por estos días, lamentablemente.

Por su lado, al gobierno y a su colección de candidatos pirandellianos sólo le queda el espacio de la reacción, de la defensa del statu quo o de la crítica a su propio legado, como hace el Flautista de Rincón del Cerro, cuestionando el buque insignia de la izquierda: sus políticas sociales. Con lo que reconoce, implícitamente, su fracaso en todo lo demás. O como lo hace su hijo putativo y heredero natural, el desplazado Raulito Sendic, quien, en plena catarsis edipica, decidió abrir la caja de Pandora y – pobrecito- dejó escapar hasta la esperanza.

 

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