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El hijo del siglo y la degeneración de la política

Rossana ROSSANDA

Periodista, políticas y escritora italiana. FUENTE: revista Sin Permiso

 

De modo diferente a [Ernesto] Galli Della Loggia, he encontrado interesante el libro de Antonio Scurati (M. Il figlio del secolo, Bompiani, 2018), pese a los errores en los que incurre, y que considero responsabilidad no solamente suya, sino de un “editing” en el que consistiría la diferencia entre editor e impresor, a la cual tienden hoy a renunciar los editores en su mayor parte.

El libro me interesa sobre todo por el clima que describe y que, equivocadamente en mi opinión, atribuye el autor a la creación novelesca: me parece, por el contrario, una intuición históricamente relevante, y de naturaleza política más que de fábula el retrato que hace Scurati del clima y de  la «cultura» en la que se desarrolló el fascismo, mediante el montaje del volumen entre documentos escritos y acontecimientos concretos. Y que las precisiones de Galli Della Loggia, en mi opinión, no modifican.

No tengo en absoluto intención de glorificar los errores históricos, y lo que menos me ha convencido es la justificación precisamente narrativa que da de ello Scurati: verdaderamente, lo que se muestra bien en el libro, y que es importante todavía hoy, es la tibieza con la que Italia, y no solamente [Luigi] Facta [liberal, último primer ministro antrs de Mussolini], han permitido que se desarrollase el fascismo. Una parte de esta estrategia está asimismo en la contraposición entre un Mussolini menos excesivo y los fascistas ultramontanos, como Farinacci, más que los despiadados alemanes, sostenida por ejemplo por el historiador Renzo De Felice.

No sé si es precisa la interpretación del carácter de Matteotti, en gran parte sugerida a Scurati por la mujer de aquel, Velia. Cierto que resulta verosímil y es un intento de comprender al hombre en su fragilidad. Lo mismo se puede decir acerca de la actitud  de sus amigos socialistas, especialmente de Turati. Por casualidad he tenido ocasión de ver, mientras cerraba este volumen, el nuevo Fahrenheit de Michael Moore, y de reflexionar acerca de hasta qué punto es imposible proponer su retorno, bien que bienintencionado, al incendio del Reichstag y otros horrores semejantes como claves de una lectura verosímil de la futura evolución de Trump: si hay que atenerse a ella, ese  fascismo no esta, desde luego, a las puertas de los Estados Unidos. La ignorancia y la arrogancia del «duce americano» se le asemejan, pero no su cualidad específica.

En este sentido, la imprecisa tecnica narrativa de Scurati sirve además, me parece, para comprender los peligros actuales del salvinismo, y para medir la debilidad de una reacción asimismo sólo «políticamente correcta» de las actuales formas de oposición. No quiero, es verdad, lo repito, justificar las imprecisiones de la memoria de Scurati y tampoco  siquiera las de una muchacha [la misma Rossana Rossanda] a la que, en todo caso, habían puesto en guardia sus padres y las lecturas, a menudo del exterior y bastante negativas, sobre la forma de ser de los fascistas y, luego, de los ocupantes alemanes, menos ostentosos, pero imagen misma de una eficiencia represiva.

Y por tanto, acerca de las responsabilidades de posponer de modo permanente una nítida toma de posición sobre el fascismo. Me parece interesante y agudo el uso del montaje efectuado por Scurati entre palabras y hechos, y a veces entre palabras y documentos, no sólo entre los discursos de los protagonistas. Quizás presto demasiados oídos a mis preocupaciones y temores. No sé qué parte de la obra de Scurati se debe a su fantasía de novelista y cuál a su intuición o memoria de historiador. Es verdad que es esclarecedora la imagen que transmite de la opinión italiana entre el año 22 y la guerra.

Además, le hace también justicia al modo en que un cierto cine italiano lo ha fiado todo a reírse, como cuando Alberto Sordi canta: «Mamá, una y otra vez vuelvo a casita» para ilustrar el “todos a casa” de los días del armisticio. Reducido o a puro horror o a grandes risas, no se producen los anticuerpos de un fascismo más o menos perfecto.

 

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