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El juego terminó Reino Unido; adiós a Unión Europea

Lorenzo Aguirre

Por trescientos cincuenta y ocho votos a favor, y doscientos treinta y cuatro en contra, el Parlamento británico aprobó el acuerdo negociado por Boris Johnson para que Reino Unido, el próximo viernes treinta y uno de enero de dos mil veinte se desprenda del bloque comunitario. El Primer Ministro, al salir victorioso en las legislativas, demuestra contar con el mayor apoyo al brexit, por parte de la ciudadanía. Ahora, el proceso político que persigue abortar como estado miembro de la Unión Europea, sigue su curso, y aquí, no hay más barajas. El juego ha terminado, pero tan solo en esta etapa “media” – luego de idas y marchas atrás, de amores y odios -, porque Boris Johnson no solucionará al menos durante un largo período la crisis por la cual comenzó a transitar Reino Unido, que se prolongará y agudizará más tiempo de lo previsto.

 

La “idea” de brexit llega a su fin, y cuando el gobierno tiene mayoría el parlamento en buena medida es irrelevante, porque dicho gabinete – en cierta forma una especie de “dictadura” – puede decir todo, pasando las decisiones por Downig Street.

La problemática, es ver qué tipo de relación llevará adelante Reino Unido hacia Unión Europea, la cual, quizá – en mi opinión -, sería más potable dejara de lado el fatigoso y aburrido tecnicismo, como asimismo la interpretación de grandes acuerdos de proyección, para abordar proyectos, posturas, menos pasionales, observando el funcionamiento y los resultados a corto plazo, postergando las intensas negociaciones para una etapa posterior.

Es necesario de una vez por todas, salir del estado paranoico, pues, mientras tanto, los “grandes jugadores” movilizan las piezas en el tablero del campo ciudadano.

El flanco económico en la Unión Europea irá menguando, y los comunitarios deberán, sí, o sí, esperar, y asumir riesgos políticos intensos, abandonando el pensamiento jadeante y cargoso que, en más, seguirán el camino del brexit países tales como Hungría, Polonia, e Italia.

Ahora que, en Reino Unido gran parte de las normativas de control de impuestos y laborales están relativamente alineadas, se podría hablar de cierto equilibrio que permitiera un tránsito de libre comercio, pero enfocado indudablemente desde un aspecto dinámico, ejecutivo, no ideológico.

Al parecer, Alemania quedó muy molesta por el brexit y la actitud de Reino Unido, pero digamos la verdad; hace un año, Berlín, ya consideraba que detener el brexit no era la mejor opción, y se debía mirar para adelante, hacia otro tipo de relación comercial, enfocando a mantener cierta distancia con Boris Johnson.

A decir verdad, el Primer Ministro británico si bien no es un Donald Trump, maneja acciones populistas, aunque es justo señalar que, en algún modo, las vuelca en políticas firmes, dentro de su postura liberal e intervencionista que ambiciona – supuestamente – a equilibrar la igualdad entre sur y norte de Reino Unido.

 

Escocia busca una nueva

 consulta popular

 

Por su parte, la Ministra de Escocia, y líder del Partido Nacional Escocés, Nicola Sturgeon, no descarta la posibilidad de una nueva consulta popular para intentar romper el cordón umbilical con Londres, y considera que, Boris Johnson, está demostrando un gobierno intransigente,

Durante mucho tiempo existieron condicionantes y perfiles con un diseño de cierto consenso legislativo por parte de Edimburgo, pero debido al resultado del sesenta y dos por ciento repudiando el brexit – por parte de los escoceses – ahora la corriente de pensamiento fue cambiando, y la postura que Londres no permita al Parlamento de Escocia tomar resoluciones para su propio futuro, es para muchos una actitud intolerante y antidemocrática.

Pero Boris Johnson fue muy claro al respecto, y no hay vuelta; su posición es atender – así lo ha manifestado – las necesidades de los ciudadanos escoceses, y lograr con la Unión Europea un acuerdo estable, con libertad de comercio, algo de primer orden para las finanzas de dicho territorio.

 

El Peñón

 

Es indudable que, para Reino Unido, la decisión de continuar separado, divorciado del bloque, presente un futuro incierto no solo para ellos, sino además para comunitarios, y también hacia una parte del bloque generalmente olvidada, como es Gibraltar.

Sin lugar a dudas, lo expresado, traerá serios problemas a España, mientras Bruselas bosteza sin recordar que, luego de la Segunda Guerra Mundial Europa debió construirse nuevamente, comenzar desde cero, entre un mundo dividido manejado por Washington y Moscú, hecho que motivó una retrospectiva y tomar fuerzas para una nueva posición, mientras los ingleses, dejaban de ser imperio.

España, será muy europeísta, pero no es poderosa y posee moderados conocimiento sobre los “acontecimientos” del bloque, entonces, ahora, se enfrenta a la cuestión de adaptarse a una realidad, la cual es sumamente compleja porque los gibraltareños votaron a favor de la permanencia de Reino Unido en la Unión Europea, y reclaman los derechos laborales de unos quince mil empleados.

El gobierno de Gibraltar espera mantener la normalidad en la frontera, pero al mismo tiempo España está considerando una oportunidad que podría ser valiosa: “estimular” a los lugareños para abandonar la relación con Londres, e inclinarse por Madrid.

 

Inestabilidad europea

 

Está dejando de existir cierta estabilidad en las posiciones políticas europeas, motivando un nerviosismo producto de la inseguridad vivida en el continente respecto a pensamientos y acciones.

Se habla hasta el cansancio de globalización, pero últimamente se manifiesta de forma incisiva la unidad que debe primar para una reunificación con conceptos e ideologías similares a efectos de una proyección armoniosa. La realidad, es algo bastante diferente, porque cada día son más notorios los extremos del arco parlamentario, como asimismo asombra la intolerancia de una izquierda estructurada y retrógrada en pensamiento, y por otro lado el crecimiento de la ultraderecha, fascistas, que consideran a la Unión Europea como un verdadero cáncer.

Por un lado, partidos antieuropeos en Francia, Gran Bretaña, y Austria, reclaman “soberanías” perdidas, mientras en forma paralela, en Alemania, el “Partido Alternativa”, y el neonazi “Nacionaldemócrata”, crecen – ¡meten miedo! -, esperando asimismo la proyección en Hungría, Austria, y República Checa, de partidos eurofóbicos.

El acercamiento del cual se habla es una triste dramatización, porque no se puede obtener una línea política común – o al menos parecida – pues las consignas no tienen afinidad, y es imposible lograr tolerancia, buscar el camino del medio, entre pensamientos tan opuestos.

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