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El nuevo paradigma: orientales lisos y llanos

Ricardo Lombardo

Poco antes de que los científicos descifraran el genoma humano, es decir la información codificada que permite conocer el contenido de las células de cada individuo, la tecnología había conseguido algo similar al desentrañar el ADN de la información.

Todo lo conocido desde entonces pudo reducirse a una combinación de expresiones binarias.

s decir que fue posible llegar a la descripción más fundamental de algo: encendido o apagado, verdadero o falso, arriba o abajo, adentro o afuera, blanco o negro. En la práctica estas cosas se referían a un bit, que puede ser un 1 o un 0.

Eso constituyó una verdadera revolución. Poder descomponer la información a la expresión más elemental y después reconstruirla reproduciendo el modelo original, produjo un impacto extraordinario en las comunicaciones. Esas combinaciones de bits reducidas a su dimensión más simple pueden ser trasportadas a la velocidad de la luz, es decir la más rápida del universo, si uno tiene la infraestructura adecuada.

En 1997, hace 20 años, nuestro país logró completar la infraestructura necesaria para esa ruptura de paradigmas. Fuimos el cuarto país en el mundo en conseguirlo, detrás de alguna ciudad estado como Singapur u pequeñas islas donde la cobertura era más simple.

Pero la decisión y la velocidad con que conseguimos eso, fue escasamente comprendida por la gente. En mi calidad de Presidente de ANTEL, recorrí el país tratando de explicar semejante logro. Fue muy difícil que en aquel momento se comprendiera lo que decía. Seguramente mi propia incapacidad por comunicarlo habrá influido, pero era muy complicado que la gente pudiera imaginar el potencial que se le abría al país al haber completado la red totalmente digital. En aquel momento la sociedad estaba en otra. Restañaba las viejas heridas de una confrontación entre hermanos, y resurgían sectores que seguían empeñados en imponer sus puntos de vista respecto a ideologías que la realidad había dejado sin valor, pero igual querían instalar en nuestro gobierno. No había ambiente para promover esta otra revolución.
Aún hoy muchos no entienden la profundidad de las transformaciones posibles, aunque se le vengan encima los avances tecnológicos derivados que, imperceptiblemente, se van colando en sus vidas, en sus procedimientos de trabajo, en su confort hogareño, en las relaciones humanas.
Muchos creen que alcanza con saber manejar la Internet, las redes sociales, Twitter, Facebook, Instagram, Whatapp, para ser digital, mientras siguen utilizando los mismos procedimientos que antes, pensando con la misma estructura mental, y no pueden ver cómo el resto de su vida se transforma.

Quizás la expresión más cabal de esa falta de adaptación a la nueva era, sean los partidos políticos. Empecemos por el mío, el Partido Colorado.

En 1998 un grupo de correligionarios pensaron que yo podría ser candidato a la presidencia en función de las tareas que había desempeñado en ANTEL, pero sobre todas las cosas por la posibilidad que había tenido de entender el rumbo que llevaba la sociedad con las nuevas tecnologías.
Más allá de los episodios que luego ocurrieron, los cuales prefiero no recordar, lo que quedó claro es que una dirigencia tradicional de nuestro partido, en aquel momento, no fue capaz de interpretar el alcance de las cosas que podíamos hacer y que teníamos en nuestras manos la posibilidad de producir una revolución pacífica en el país.

Los procedimientos, los ritos políticos, las formas convencionales de comunicación con la gente, estaban demasiado internalizados en una dirigencia que había sido exitosa, que seguía siéndolo y que no entendía la necesidad de cambiarlos.

Pero casi 20 años después, en los que se produjo el derrumbe electoral del Partido Colorado y eso provocó su alejamiento del poder, aún las nuevas generaciones, entre los que incluyo un grupo muy valioso de jóvenes dirigentes, parecen mantener la misma liturgia de los tiempos en que eran intermediarios entre el pueblo y el poder, entre las necesidades y la posibilidad de resolverlas.
Pero las cosas han cambiado. No hace mucho más de 20 años, para conseguir un teléfono necesitaban el favor de un político, lo mismo para culminar su trámite jubilatorio o agilizar un expediente. Pero todo eso desapareció. Nosotros logramos terminar con la demanda insatisfecha de teléfonos, la infraestructura digital del Estado permitió que los trámites se pudieran acelerar y hasta hacerles el seguimiento.

Hoy la gente accede cada vez más directa e instantáneamente a las noticias, puede hacer la mayor parte de las gestiones desde su casa, vía internet o por teléfono. Se ha producido un empoderamiento generalizado a la población que ha quitado el poder que la dirigencia política tuvo durante la mayor parte del siglo pasado.

Y para recuperar protagonismo en la era digital, no alcanza con enviar tuits o escribir en Facebook, o etiquetar una cantidad suficiente de personas para cambiar las formas de comunicación. Es necesario cambiar la liturgia, los ritos, los procedimientos, las formas de militancia y la agenda de los partidos políticos.

Si no, la gente cuestionará cada día más su existencia, despreciará a sus protagonistas, descreerá de sus discursos y los verá como un círculo cerrado de privilegiados que se protege a sí mismo y se distribuye sus prerogativas .

Para ser parte de la revolución digital, es necesario entender que se produjo una ruptura del paradigma tradicional, al que no escapa ninguno de los partidos, y entender qué es lo que la gente espera hoy de sus gobernantes y de las organizaciones políticas.

Los viejos estilos discursivos, se han convertido en anacronismos. Las largas peroratas parlamentarias, solamente atraen a unos pocos cientos de personas. El resto está preocupado por sus propios problemas cotidianos, sus limitaciones económicas, las dificultades de su trabajo, sus relaciones con sus jefes, su vínculo familiar y el futuro de sus hijos.
A la gran mayoría de la gente, poco le importan los temas que los políticos creen que son trascendentes: el TLC con China, la derogación del abuso de funciones, las elecciones internas, las comisiones investigadoras, el endeudamiento disparatado. En realidad no tiene tiempo de estar profundizando en todo ello. Necesita en quien confiar para que se ocupe de esas cosas. Como cuando tenemos problemas eléctricos, llamamos a un electricista, sin pedirle que nos explique el origen de las teorías electromecánicas o de cómo funcionan los distintos polos. Lo que queremos es confiar en alguien que nos resuelva el problema. Y si nos hace un mal arreglo, perderemos la confianza en él y buscaremos a otro.

Así que el nuevo paradigma hace que la mayoría de la gente requiera representantes que sienta como parte de ella, que se identifique con su historia de vida, que sean capaces de entender sus problemas y necesidades. No le importa que sean doctores, contadores, eruditos o autodidactas. No le gustan los que esgrimen pertenecer a una aristocracia criolla, que mira al resto de la gente con desdén. No quiere que le cuenten con detalles su actuación parlamentaria, ni lo que opinó respecto a tal o cual tema que no afecte sus propios intereses. Quieren reconocerse en él, compenetrarse con sus debilidades y fortalezas, y confiar en que será capaz de defenderlos cuando cuadre. Quieren un oriental liso y llano, como nos identificamos los colorados desde la fundación.

Los nuevos paradigmas de inmediatez y cercanía, hacen que los partidos en general y los colorados en particular, sean vistos como la clase privilegiada que creció al lado del poder y que ha perdido vigencia. Eso hace necesario volver a construir una vinculación con la gente. Una nueva liturgia partidaria que se apoye sobre nuestro ADN popular, republicano y liberal, nuestra vocación por defender a los más humildes y volver a ser el escudo de los débiles como quería José Batlle y Ordóñez.

Se trata de recuperar nuestro rol como intérpretes de la gente lisa y llana con nuevas formas de militancia.
La revolución digital eliminó la vigencia de los ritos que le daban a la dirigencia el poder de la intermediación política. Esa mesocracia hoy es ignorada y despreciada.

Ahora, el pueblo empoderado, quiere gobernantes que se identifiquen directamente con él.

 

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