Buscar



El pacto de los combatientes

Ricardo J. Lombardo

“…el 8 de julio de 1972, los Generales Esteban Cristi, Jefe de la Región Militar n.o 1 y Gregorio Álvarez, Jefe del Estado Mayor Conjunto, se reunieron en Suárez con el presidente Bordaberry para anunciarle que los Tupamaros se rendían. Pero las condiciones para la capitulación eran sorprendentes: querían dirigir planes de desarrollo en sectores estratégicos como la pesca y estaban dispuestos a trabajar en conjunto con las Fuerzas Armadas.

Debía aceptarse además que, una vez firmada la capitulación, a los principales dirigentes se les permitiera salir del país, y los restantes integrantes del movimiento vivirían en chacras proporcionadas por el Estado.

La propuesta promovió la desconfianza de Bordaberry. Los militares estaban ganando la guerra y los Tupamaros, que venían perdiéndola abrumadoramente, ponían las condiciones para la paz.
Era el resultado de negociaciones mantenidas por algunos oficiales, a espaldas de los mandos, con la mayoría de los dirigentes del MLN-Tupamaros bajo detención.

Cristi, Álvarez, y el coronel Ramón Trabal, Director de Inteligencia Militar, se habían reunido en reiteradas ocasiones con los principales cabecillas del MLN-Tupamaros encarcelados: Eleuterio Fernández Huidobro, Mauricio Rosencof, Julio Marenales, Alicia Rey Morales y Adolfo Wasem Alaniz. Las conversaciones se desarrollaron en el Batallón Florida. Fernández Huidobro y Mauricio Rosencof salieron y entraron en varias ocasiones de los cuarteles durante la tregua informal que habían acordado implícitamente las partes, para consultar a sus compañeros en acción sobre los avances de las negociaciones.

Se le atribuye al Cnel. Trabal haber dicho al comienzo del diálogo: «Vamos a ver si podemos parar esto, nos estamos matando entre hermanos». (Israel, 2002)

Los Tupamaros, además de una ley de pacificación nacional que permitiera la reinserción de los guerrilleros paulatinamente en la sociedad, plantearon una serie de medidas de corte socialista: la expropiación de las tierras en situación de latifundio, el montaje de una industria pesquera estatal y una flota para pesca atlántica, la nacionalización del comercio exterior y del crédito. (da Silveira, 2007)

Los militares ponían como condición la rendición incondicional del MLN-Tupamaros en su actividad bélica. Además, los Tupamaros deberían leer ante la prensa un acuerdo que, entre otras cosas, reconocería «su pleno convencimiento, en virtud del conocimiento ahora adquirido, de que bajo el amparo de las FFAA el país encuentre rápidamente el verdadero camino hacia la prosperidad y el bienestar públicos». (Lessa, 2003)

Algunos califican de ingenuas y disparatadas las conversaciones y el acuerdo al que estuvieron a punto de llegar guerrilleros y militares, que conduciría a instaurar un estado autoritario.

Sin embargo, no habría que subestimar lo que pareció ser una jugada política ambiciosa de ambas partes.

El MLN-Tupamaros estaba a punto de perder la guerra. Nadie en su sano juicio dudaba que la guerrilla tenía los días contados en nuestro país. Así que utilizar la carta de «tupamarizar» a las Fuerzas Armadas, haciéndoles tomar parte de sus banderas y aliándose con ellas, parece un recurso idóneo, dadas las circunstancias. Quizás era algo cándido sentarse a negociar con quienes los tenían encarcelados, y demostraba cierta pérdida de referencia de la realidad. Pero, «perdido por perdido…» habrán pensado los Tupamaros.

Por otro lado, la acción de los militares estaba encuadrada inteligentemente en el proceso de toma del poder en que estaban embarcados. Controlada la guerrilla, ahora el enemigo a destruir era el poder político y el parlamento, a quienes consideraban responsables del deterioro moral del país. Así que tenía sentido lograr las simpatías, una alianza y hasta ciertas formas de colaboración, con los antiguos combatientes que también se habían levantado en armas contra el sistema, aunque por razones diferentes. Con ese acuerdo quedarían disimulados su falta de autocontrol en la lucha contra la guerrilla, las personas ejecutadas, los saqueos realizados en oportunidad de los allanamientos, las torturas y toda la violencia que había excedido los límites permitidos por el ordenamiento jurídico. Con eso escondido debajo de la alfombra en un pacto de esa naturaleza, podrían asumir el rol de custodios de los valores morales de la sociedad.

En el fondo, ni uno ni otro respetaba las instituciones republicano-democráticas. Los dos demonios parecieron ponerse de acuerdo. Pero el plan tenía un problema crítico. A esa altura de los acontecimientos, debía ser aprobado por el mismo poder político que ambos desafiaban.

El 9 de julio, Bordaberry se reunió con sus ministros más cercanos y principales colaboradores y luego de evaluar la situación, decidió rechazar ese acuerdo concebido entre gallos y medias noches, y ordenó derrotar a la guerrilla, cosa que estaba al alcance de la mano. Llamó para eso a los comandantes en jefe quienes revelaron que desconocían las negociaciones efectuadas por Álvarez, Cristi y Trabal”.

(Extraído del libro de mi autoría: “ Noticia del Golpe de Estado. La toma de poder por los militares en febrero de 1973”. Ediciones de la Plaza. Junio de 2016)

Deja un comentario