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El relato colorado y el futuro de nuestra divisa

Gustavo Toledo

Cuenta Alberto Methol Ferré en una publicación dedicada a homenajear al Prof. Juan Pivel Devoto, que allá por el año 51, mientras estudiaba con Jorge Batlle y otros amigos suyos en la casa de Camino de las Tropas de la familia Batlle, una noche, Don Luis, reflexionando sobre la situación del país, les señaló: “No veo en el horizonte ninguna amenaza contra el predominio del Partido Colorado. Sólo me inquieta una cosa: que los blancos empiezan a escribir la historia del país. Ese es el único síntoma peligroso”. Se refería, por cierto, a una corriente encabezada precisamente por Pivel Devoto, reconocido investigador de filiación blanca y vasta producción académica, a la que poco después se sumarían Washington Reyes Abadie, José Claudio Williman, Carlos Real de Azúa y el propio Methol, entre otros intelectuales en su mayoría de origen colorado, que recalaron primero en el ruralismo atraídos por la figura de Benito Nardone, quien fundó en ese mismo año la Liga Federal de Acción Ruralista, y luego desembocaron en el nacionalismo. El paso de historiadores colorados a blancos le parecía a Luis Batlle el indicio de un cambio de época. Y así fue. El devenir de los acontecimientos no hizo más que darle la razón.

A fines del 51, cuando se enteró de los resultados del plebiscito que instauró el Colegiado: “Con esto, en cuatro años tendremos un gobierno blanco, y en quince, una dictadura militar”. Le erró por poco. ¿Clarividencia? No, consciencia histórica y visión de futuro, dos atributos que combinados definen a los hombres de Estado.

Luis Batlle falleció en 1964, tras priorizar la actividad política antes que el cuidado de su frágil salud, tal como le habían indicado sus médicos. No alcanzó a ver el pasaje de historiadores blancos a marxistas ni a augurar, por tanto, lo que luego vendría, pero esa es otra historia. Una historia reciente, aún caliente, en la que a menudo es difícil ver en perspectiva procesos y acontecimientos que nos incluyen.

Peor aún, ya casi no hay historiadores partidarios -en especial colorados- y los viejos batllistas, portadores de la memoria viva del partido, van desapareciendo sin tener a quién legarles sus recuerdos y sin que nadie repare en la gravedad de ese fenómeno. Así, poco a poco, vamos decolorándonos, que es el modo en el que los partidos tradicionales desaparecen, como una bandera a la intemperie a la que nadie atiende.

Prueba de ello es la supina ignorancia de muchos –demasiados- correligionarios sobre hechos y figuras clave de nuestro pasado, más o menos lejano, así como de sus implicancias históricas y simbólicas, o, incluso, del mismísimo concepto de correligionario.

Sí, la ignorancia es mucha. Y en ese desconocimiento con forma de olvido yacen las respuestas a esas preguntas que nos definen como colectivo de hombres y mujeres libres: quiénes somos, qué nos une y por qué peleamos…

Hace pocos días, asumieron nuestras nuevas autoridades partidarias, encabezadas por el ex presidente Julio María Sanguinetti y el senador electo Ernesto Talvi, las que tendrán el desafío de conducirnos en el marco de un gobierno de coalición presidido por nuestro tradicional adversario e integrado por otras fuerzas políticas, y en especial por una de ellas, que es la continuidad de la corriente conservadora y antibatllista escindida del tronco liberal hace más de un siglo, reencarnada en una suerte de neoruralismo militarista, al que no pocos cantan loas y ven como nuestro aliado natural en el esquema de una guerra fría imaginaria. Les espera, por tanto, una tarea gigantesca, que implicará no sólo contribuir a la conducción del Estado en una coyuntura particularmente difícil, aportando todo cuanto tengamos para dar como otrora partido de gobierno sino también revitalizar nuestra vida interna, tan alicaída en los últimos años, y, lo que es aún más importante y por cierto desafiante, reconstruir un relato auténticamente colorado, que haciendo pie en su larga y rica foja de servicio a la república, contribuya a desmitificar asociaciones e ideas erróneas que aceptamos como válidas y nos devuelva nuestra razón de ser. Pues, si en el pasado podía creerse que alcanzaba con ser “antiblanco” para definirse como colorado (y viceversa, ya que abarcaban prácticamente todo el escenario político y tanto lo uno como lo otro estaban claro), desde la reforma del 96 y la instalación en el imaginario colectivo del concepto de “familia ideológica” en oposición al FA, hoy esto se nos plantea como un conflicto de identidad que no podemos soslayar ni seguir pateando hacia adelante. ¿Somos lo mismo que los blancos? ¿En qué nos diferenciamos de los cabildantes de Manini y compañía? ¿Tanto da votar a uno que a cualquier otro? ¿Representamos lo mismo y a los mismos que ellos?

Digo más, volver a darle sentido a “lo colorado”, a reconocernos en un pasado común y construir una narrativa propia que haga hincapié en los desafíos de nuestro tiempo, que es lo que propongo siguiendo el antecedente del primer batllismo que hizo de su programa de gobierno su santo y seña y de la militancia un modo de vida, no supone fosilizarnos en la repetición monocorde de ciertos usos y costumbres, sino recobrar nuestra singularidad como divisa (sí, como divisa, que es lo que somos allá en el fondo), insuflándole vitalidad a ese sentimiento que -según una encuesta reciente- comparte apenas el 10% de nuestros compatriotas.

Ya no se trata de conservar la supremacía del Partido Colorado en el escenario político como en los tiempos de Luis Batlle, ni de discutir acerca de la filiación ideológica de quiénes narran el pasado, sino de velar por la supervivencia de nuestra colectividad como proyecto de futuro y escudo de los débiles en tiempos de coaliciones multicolores y empujes fusionistas, de rencores seculares e inocencias cortoplacistas. Y ésta no dependerá solamente de la gestión de nuestros representantes en el próximo gobierno, que confiamos positiva, ni de la aparición de uno o varios líderes más o menos carismáticos con arrastre popular, que esperemos surjan en los próximos años de las nuevas generaciones de colorados, sino del empeño que pongamos en hacer historia, dentro y fuera de los textos de estudio.

Lo demás, como bien sabía Don Luis, viene por añadidura.

 

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