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FRUCTUOSO RIVERA 165 años atrás, en la cama de Bartolo

Gustavo Risso

Los primeros días de enero de 1854, del General Fructuoso Rivera, fueron entre la vida y la muerte. La agonía era la dueña.

Viniendo hacia el sur, con una ansiedad que tiene los límites de la desesperación, apurando lo que no se podía apurar, la “comitiva” con el atardecer llegó a las cercanías del villorrio de Melo.

Era el día 11. El coronel a cargo de la delegación que escoltaba al General, era Brígido Silveira. El propio Brígido Silveira, se adelantó a pedirle al dueño del rancho, alojamiento, refugio, amparo, asilo para el General Don Frutos.

El rancho, de adobe y totora, con un pequeño galpón quinchado a la izquierda, una cocina de media agua al otro lado, y con otro rancho abierto adelante.

Como mejor se pudo, “acomodaron” al General en la cama ancha de madera.

Un gran coraje aparece, sorprende a todos, eran las dos de la tarde del doce de enero, llama a un oficial. El oficial, enviado por Brigido Silveira, ejerce de secretario. El General le expresa, “en ese baúl, si muero, se encargará usted de entregarlo al gobierno. En él se encierran todos los últimos actos de mi vida pública y en ellos encontraran mis enemigos documentos que prueban que jamás he dejado de servir mi Patria”.

Después, quedó como un letargo y en el atardecer puso pavor en el duro bronce de los presentes. El misterio de la muerte rondaba.

Era y fue la noche del espanto, una sombra amarga, un manto de silencio, cubría el Rancho de Bartolo.

Rodeando “la cama de madera”, como quién espera la fatalidad o el milagro, ahí estaban pendientes, el Comandante Illescas, el Mayor Gadea, el Capitán Borges, Sargento Onetti, y el escribiente Vega.

Por otro lado el Coronel Brigido Silveira, se había trasladado al pueblo, a buscar, por cualquier rincón, a médicos y voluntarios de la salud. Ya, cerrando la noche, han llegado al campamento, los doctores Juan Fernández, Luis Navarrete y Francisco Mestre. La situación es irremediable. Los médicos se turnaban.

Uno de cada uno de ellos, debía montar guardia al lado del General.

Eran las cinco de la mañana del 13 de enero. El General, balbuceó, como si hubiera salido de un gran sueño. Suspiró. Volvió a suspirar, a suspirar y suspirar. En la habitación, del techo colgaba un cuero curtido, varias sillas de madera toscas, un pequeño cajón controla un candelabro de bronce viejo, sucio y chorreado por el cebo de las velas, más cerca del borde, un jarro de lata, un par de frascos de medicina y en la pared de un viejo enorme clavo, colgaba el látigo corto que fuera la “espada” en los combates de campo, y por sobretodo, estaba ella, la cama.

A las seis y diez de la mañana, murió. Sin estremecimiento de agonía. Casi como si estuviera durmiendo. El General entró sereno a la eternidad. El coronel Brigido Silveira, salió de la “pieza” y dio la orden, con una voz trémula, no podía hablar, “tiren un cañonazo cada quince minutos”, de aquel pequeño cañón que venía abrazado al General.

Los médicos, daban su certificación.

De pronto, el silencio fue tal, que hasta las chicharras no cantaban , los soldados, lagrimeaban, en cuclillas armaban “tabaco negro”, enterraban “los cuchillos” en la tierra ,en fin, nadie sabía que hacer…… y así un 13 de enero de 1854, en la cama de Bartolo Silva en pleno verano, durmió, el General   !!

 

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