Buscar



Hablemos de batllismo

Juan J. Lombardo

Se ha puesto de moda decir cosas tan contradictorias como que todo el país se ha hecho batllista y por otro lado que el batllismo ha perdido vigencia y ya es un anacronismo.

La verdad es que hay una fuerte corriente antibatllista que se está instalando, tanto desde la izquierda como la derecha.

La clave consiste en entreverar y que a todos les resulte difícil definir el batllismo. Confunden los fines con los medios, pierden referencia de las circunstancias y el lugar. A veces lo hacen deliberadamente, y otras por una sana incomprensión del fenómeno político que ha marcado las historia de nuestro país.

Sin pretender agotar el tema, ni mucho menos, y con los límites que impone un posteo tolerable, quisiera contribuir a empezar a desatar el nudo que muchos intelectuales y políticos han venido tejiendo pacientemente.

Para ello me referiré a dos de sus características fundamentales.

La primera es que el batllismo es un republicanismo radical. Si de algo no hay duda es de la vocación de José Batlle y Ordóñez por hacer funcionar a pleno las principales características de la república: el imperio y primacía de la ley, la despersonalización del poder, la separación de poderes y la discusión pública de los asuntos políticos. Su actuación en el gobierno, así como la fundación del diario EL DIA y la creación de los clubes seccionales, son los instrumentos con los cuales hizo que el Partido Colorado se convirtiera en un partido de masas.

Logró desalojar a la aristocracia que gobernaba los intereses del país y la sustituyó por una organización popular donde cada ciudadano tenía voz y voto.

Así que quienes no creen en la república, no tienen lugar en esta descripción. Los partidarios de regímenes autocráticos, autoritarios o totalitarios, de batllismo no tienen nada.
La segunda característica puede resumirse en el párrafo de una carta que don Pepe le envió a Arena: ““Aprovechemos estos tiempos de formación para hacer el país modelo, donde los pobres sean menos pobres y los ricos, menos ricos”.

Esta es toda una definición ideológica y hasta ética.

Muchos sostienen, Mujica lo ha hecho no hace mucho, que la moral que hay detrás del capitalismo es que: “Para que los pobres sean menos pobres, los ricos tienen que ser más ricos”.
¿Esto quiere decir que el batllismo es incompatible con el sistema predominante en estos tiempos que es el capitalismo?

No. Es un típico paradigma de falsa oposición. En esto estoy con Hayek. Uno no puede asignar un sentido moral a las transacciones que funcionan en un mercado. El sistema no se atribuye ética alguna. Es un proceso impersonal que no busca justicia ni injusticia. Es solamente un método de transacciones que funciona de la manera más eficiente que se conoce, sin ninguna connotación moral.

Hayek lo define como una suerte de juego donde gana el que tiene más fuerza, habilidad o suerte, pero que no está sujeto a ninguna escala de valores.

Si uno lo deja actuar espontáneamente sin ninguna dirección, puede terminar como una cañita voladora y salir para cualquier lado. Porque, el mercado no pretende ningún tipo de resultados ni incorpora ninguna jerarquía de valores. Esto, como dice Hayek: “puede ser justo o injusto porque los resultados no son buscados ni previsibles y dependen de una multitud de circunstancias no conocidas en su totalidad por nadie”.

Donde se incorporan los valores y la idea de justicia, es en la actuación del sector público. El punto crítico está en cómo funcionan los gobiernos, o más extensivamente, los Estados, como instrumento para conciliar los intereses diversos. Desde este punto de vista, la sociedad organizada a través del sistema político, debe pactar y encaminar el destino de todo el potencial que desatan los seres humanos en el desempeño de la actividad económica, orientándolo hacia el bienestar colectivo, sin trabarlo ni impedirlo, sino alentándolo y estimulándolo.
Así que la sociedad modelo que buscaba Batlle, no tiene por qué remitirse al socialismo como algunos creen, o aumentando desmesurada e irracionalmente el Estado, como argumentan los detractores. Puede construirse esa suerte de justicia social aprovechando las ventajas del mercado y utilizando al Estado como instrumento para promover una alianza de clases.

El desafío de los gobiernos es encontrar un ideal de justicia social que consista no solo en crear mecanismos para que los más ricos o exitosos compartan parte de sus bienes con el resto de la sociedad, sino también crear las condiciones para que los pobres sean menos pobres y tengan, además, la oportunidad de ser ricos.

Ese es el país modelo del que hablaba Batlle a Arena. Yo sigo creyendo en eso.
Las políticas sociales y educativas de estos gobiernos frenteamplistas, son todo lo contrario.

Para empezar, gravan el trabajo. Usan y abusan de los subsidios a los sectores más pobres, pero no los alientan a salir de esa situación, formándolos como se debe para afrontar un mundo cada vez más desafiante. Parecen pagarle para que se mantengan pobres y subvencionarlos para que sigan siendo una clientela dependiente y sumisa a políticos inescrupulosos.
Todo lo contrario a la construcción de una república de iguales, donde los ciudadanos tengan las mismas oportunidades y deberes.

Eso que vivimos hoy en Uruguay, no es republicanismo, ni es justicia social. No es batllismo. Es un cúmulo de inmoralidades.

Es un error querer cambiar el actual estado de cosas recurriendo al antibatllismo.

Por el contrario, deberíamos volver a la búsqueda del país modelo que soñó Batlle, con nuevos instrumentos, con la modernización que ofrecen estos tiempos y las nuevas tecnologías. Con todo el conocimiento de prueba y error que hemos acumulado en los últimos cien años. Incorporando la nueva agenda de la humanidad que, por cierto, es bien distinta a la de comienzos del siglo pasado.

Eso sí: conservando el viejo ideal, que no ha sido superado por ningún otro.

 

Deja un comentario