Buscar



La cultura y los partidos

Leonardo Guzmán

Tiene razón Hugo Burel: hace falta un sacudón cultural que le haga recuperar al Uruguay el talante liberal, tolerante y abierto que le infundieron los partidos tradicionales, forjándole su conciencia institucional.

Tiene razón en que la convivencia se nos enfermó de fanatismo e irreflexión por aplicarse en nuestro escenario las doctrinas de Antonio Gramsci que, al disolver los valores, trastrocar el lenguaje y ahogar la libertad individual, terminan reemplazando las rebeldías por una perniciosa adaptación a no pensar por cuenta propia.

En verdad, la batalla que tenemos por delante es lógicamente previa a preferencias sectoriales y afinidades con tal o cual candidatura. Es batalla contra una inercia que no es sólo cívica ni sólo política, porque es un síntoma más de la caída del espíritu público por empobrecimiento cultural de la persona y las relaciones interpersonales. Y eso todo lo inficiona y todo lo achata.

A esto nos trajeron largas décadas con la razón y el sentimiento jugando al achique, no únicamente por causa del materialismo histórico de izquierda sino por el materialismo vulgar que Unamuno vio venir hace un siglo, y que le quita énfasis público a las artes, la filosofía, la reflexión y el amor al prójimo. Por esa vía, se anestesió la capacidad de indignación individual y colectiva, al punto de recorrer hoy sin chistar entre desarrapados y drogadictos rodeados de mugre. Tanto, que perdimos la brújula de los valores incondicionados anteriores al Derecho, para después ir a pedirle a los Juzgados Penales y de Violencia Doméstica lo que no pueden crear por sí solos, si antes no se construyó en el pueblo los mínimos de espiritualidad para que las personas aleteen.

El país no sale del asombro por la impudicia con que una banda se manda su demostración de armas e impunidad a cara descubierta, y se la va a buscar recién después que el Fiscal Zubía la convierte en “noticia criminis” subiéndola a YouTube en un acto de servicio tan plausible como escapado a los protocolos formateados que ahora rigen. El país sigue absorto por la indagación de las finanzas depredadas de ANCAP y ASSE, mientras lo espanta la laya de abogada que resultó la fulgurante suplente que ingresó al Senado, se hizo celebrar su sexualidad y tuvo que renunciar por falsificadora.

Ese es el menú noticiero de este fin de año. Pero hay una realidad del año entero, que no es noticia pero está detrás de todas esas desgracias que nos emponzoñan la vida: en el Uruguay no se sustituyó una cultura por otra; simplemente, se instaló la incultura.

No es que estemos viviendo la imposición del ideal comunista o socialista, con alegría de los unos y amargura de los otros. Estamos sufriendo, todos juntos, la ausencia de todo ideal.

No es que haya nacido una nueva educación de clase para valores diferentes. Estamos soportando, todos, las consecuencias de que la ineducación tenga conspicuos representantes en todas las clases también las adineradas-, con eclipse de los valores comunes a la esencia humana.

Esto exige, sí, un lugar básico en la doctrina de los partidos.

Porque, tras la decadencia, lo exige la República.

 

Deja un comentario