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La grieta nacional

Gustavo Toledo

hProvengo de una corriente de pensamiento que no festeja muertes ni promueve mordazas. Me proclamo liberal y eso implica, como escribió don Gregorio Marañón en los tiempos de la España fracturada, básicamente, dos cosas: primero, estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo; y segundo, no admitir jamás que el fin justifica los medios, sino que, por el contrario, son los medios los que justifican el fin. Sobre esa base, sencilla y revolucionaria, se moldeó un modo de ver y entender la vida, que, hasta no hace mucho, nos caracterizó como sociedad y nos permitió convivir en paz y crecer en la diversidad.

Pero de un tiempo a esta parte es evidente que ese paradigma fue perdiendo pie y nuestros niveles de tolerancia y respeto por el “otro” –ese “otro” que me complementa y enriquece, si estoy dispuesto a aceptarlo como tal- cayeron al piso.

Por desgracia, sobran ejemplos que lo corroboren.

Sin ir muy lejos, el reciente fallecimiento del cantautor Daniel Viglietti despertó entre tantísimos compatriotas los más bajos instintos, expresados en las redes sociales a través de insultos, festejos y cuestionamientos morales a su persona. Entre ellos se destacó un texto de la escritora Mercedes Vigil publicado en Facebook, quien, entre otras disquisiciones, calificó “su paso por la realidad nacional” como “nefasto”.

Como reacción a esto, llovieron las descalificaciones, los comentarios soeces y hasta una propuesta –vehiculizada por un grupo de dirigentes políticos y sindicales- de que se le retire la distinción de ciudadana ilustre de Montevideo otorgada por la Junta Departamental tiempo atrás.

Pronto, sin embargo, Viglietti y hasta la propia Vigil (cara y contracara simbólicas de una moneda incapaz de aceptarse bifronte), pasaron a un segundo plano. Sirvieron, apenas, de excusa para alimentar la “grieta” nacional, ese océano de dos centímetros de profundidad que separa y enfrenta a amigos, vecinos, colegas, compañeros de trabajo o meros desconocidos convertidos en “hinchas” de tal o cual bando, en base a ideas y puntos de vista que en los hechos no lucen demasiado diferentes.

Así, el “debate”, por llamarlo de alguna manera, alfombrado de prejuicios y clichés, de eslóganes y figurines de la Guerra Fría, devino en riña de gallos, en una suerte de ejercicio mecánico a través del cual unos y otros procuran sacar músculo (¿ideológico? ¿político?) sin moverse un ápice de su zona de confort. Sí, en eso se transformó el otrora debate de ideas: en cacareo sin sustancia, en intercambio de insultos y golpes bajos, en una palabra, en basura.

Este episodio, así como también muchos otros, nos permite extraer una conclusión por demás alarmante: no se “debate” para intercambiar ideas, ni para construir síntesis superadoras, ni siquiera por amor a la dialéctica, sino apenas para hacer catarsis, para liberar tensiones y escupir frustraciones acumuladas, para reafirmar posiciones y reafirmarnos a nosotros mismos como barra bravas. Allí, pues, no hay espacio para la duda, ni para la autocrítica, ni para la asunción del “otro” como un interlocutor válido, dueño de una porción de verdad que sería bueno conocer y sopesar. Para nada. Debatimos con fantasmas a medida. O, dicho de otra manera, con nosotros mismos.

Quizás la propia naturaleza de las redes sociales facilite que muchos individuos, amparados en el anonimato o envalentonados por la distancia, disparen a quemarropa comentarios hirientes o lisa y llanamente brutales, pero hacer hincapié en ese aspecto supondría minimizar otros mucho más relevantes como son la degradación del propio pensamiento -se piensa poco y mal- o el cultivo de la intolerancia como un valor positivo.

Me asusta que tantos compatriotas hayan comprado la idea de la grieta y que se encarguen de alimentarla, una y otra vez, volando puentes en vez de construirlos. ¿Acaso no nos damos cuenta de que por esa vía estamos deteriorando las bases del sistema democrático, envenenando la convivencia entre nosotros y reduciendo las posibilidades de futuro de las nuevas generaciones?

Sinceramente, no quiero un país en el que un artista sea denostado en términos personales por haber creído en el “hombre nuevo” y en el socialismo y que una escritora sea condenada a ser quemada en la hoguera junto a sus libros por haberlo hecho. Quiero un país en el que se discutan ideas y posiciones, no personas; en el que el diálogo no sea una utopía sino un ejercicio cotidiano y la libertad de expresión un valor sagrado e inviolable ejercido con responsabilidad ciudadana.

Quiero un país, no un territorio en disputa dividido por una línea imaginaria que nos separe.

Ya lo expuso Goya en uno de sus grabados más famosos: el sueño de la razón produce monstruos.

¡Despertemos, pues!

 

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