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Memoria colorada

Carlos Fedele

Las colectividades políticas apelan a su pasado desde sus propios relatos edificados sobre convicciones e intereses. La forma que adquiere esa memoria habla mucho de ellas.
En el caso colorado, nos acercamos a un aniversario más de la muerte heroica de Baltasar Brum (1933). Siempre se lo invoca, no obstante, también siempre se lo ha desprovisto de la profundidad del contexto. No se obvia que fue a raíz del golpe de Estado del colorado Gabriel Terra,pero el peso de las figuras parece personalizar los sucesos, inmolado uno, traidor otro. La enseñanza que se extrae, aunque aleccionadora, rehúye ingresar en el conflicto que se produjo en el país y en el coloradismo. ¿Es por la distancia en el tiempo? Por otro lado, el 2015 coincide con los 80 años de la llamada Revolución de Enero (enero-febrero, 1935), vinculada a aquella época y que mucho dice de ella. Usted, colorado, ¿se enteró que el Partido la mencionara?
La memoria selectiva no es sólo patrimonio nuestro pero si obvio aquel acontecimiento justo cuando por los mismos días, después de muchos años de no hacerlo, el Partido Colorado conmemoró oficialmente la Hecatombe de Quinteros (1858). El episodio luctuoso involucró el ajusticiamiento y por traición de algunas de las figuras principales del coloradismo de la época (y decenas soldados) por orden del gobierno del presidente Gabriel Pereira, luego que aquellos se levantaran en armas contra éste por su condición de fusionista. Pensando justamente en Quinteros podría afirmarse que los fusionistas bien pueden ser verdugos políticos en más de un sentido. Paradojalmente, la reedición de la conmemoración vino de la mano del liderazgo partidario (como colectivo) que en esta época está asociado a un plan de articulación unitaria de los partidos tradicionales que puede que tenga éxito donde la Fusión fracaso. Sin embargo, se conmemoró aquel episodio y se olvidó la Revolución de Enero.
A fines de ese mes de 1935, batllistas y blancos no herreristas se levantaron en armas contra la dictadura que Terra llevaba adelante, apoyado por los colorados antibatllistas y Luis Alberto de Herrera, desde el 31 de marzo de 1933. La oposición a la dictadura era al mismo tiempo civilista y conspirativa preparando el levantamiento armado. El mismo se comienza a planear a poco del golpe: pertrechamiento, entrenamientos militares y contactos con sectores del Ejército contrarios al régimen. Las conversaciones y acuerdos los realizan por el lado batllista, Andrés Martínez Trueba, Tomás Berreta, Luis Batlle (tres futuros presidentes de la República), Alfeo Brum (hermano de Baltasar), Héctor Grauert (hermano de Julio César) y Justino Zavala Muniz; del lado blanco Basilio Muñoz, Ismael Cortinas, Carlos Quijano, Ricardo Paseyro, entre otros. Se forma una Junta de Guerra Mixta integrada por tres blancos y tres batllistas. La revolución se posterga durante dos años hasta que en aquellas fechas se desencadena. Los combates armados produjeron víctimas mortales y numerosos heridos. En Paso Morlán (Colonia) se produce el más conocido de ellos, pero hay varios enfrentamientos y escaramuzas en otros lugares del país. En Río Negro se produce el suceso más trágico cuando aviones del gobierno bombardean un campamento revolucionario. Fueron apenas nueve días pero movilizó a más de un millar de revolucionarios batllistas, nacionalistas independientes y blancos radicales así como otros miles entre soldados, policías y milicias voluntarias del gobierno terro-herrerista. Al año, “El Día” dedicará por primera y última vez una página a glorificar los acontecimientos. En el temprano 1939 ya hay quien se sorprende que no se los recuerde más. Más adelante la rememoración provendrá de prensa no colorada: “Marcha” (1970 y 1971) y “Brecha” (1986). Dos artículos de opinión aislados en “El Día” y “Opinar” en 1984 mencionando la Revolución no quiebran el silencio. Tampoco lo hace el reciente ensayo de Julio María Sanguinetti sobre Luis Batlle. ¿Por qué la Revolución de 1935 y sus mártires son relegados al olvido?
Recordar episodios lejanos en el tiempo, aun los más polémicos, es menos gravoso para el presente que hablar de acontecimientos recientes que son substrato de ciertas posiciones ideológicas y políticas en la actualidad (los 60, golpe y dictadura, por ejemplo). No obstante separarnos ocho décadas, la Revolución del 35 continúa sepultada en la simbología colorada y batllista. Ni la derrota (Carpintería, Quinteros y Quebracho lo fueron) ni los errores en la planificación y desarrollo de los movimientos revolucionarios alcanzan para explicar su desaparición en la memoria. Tampoco es suficiente motivo que el Batllismo, “institucionalmente” hablando, finalmente no participara (dentro de ciertos sucesos confusos nunca dilucidados) ya que de su involucramiento en la intentona revolucionaria no caben dudas: por los preparativos mencionados, por el supuesto asumido de que el levantamiento era una decisión tomada y que cuando éste se produjera presuponía el concurso de los partidos que la habían acordado y, especialmente, por la cantidad de batllistas que se lanzaron efectivamente a la revolución en el entendido precedente. La explicación hay que buscarla en otro lado.
¿Es posible que la Revolución de Enero represente para los colorados aún hoy cosas tan significativas y complejas que sea preferible no recordarla, ni siquiera como un incidente épico entre tantos otros? El golpe de estado del 33 cristalizó una profunda división en el sistema de partidos uruguayo que trascendió las divisas, colocando tanto de un lado y de otro a colorados y blancos según su condición de demócratas y progresistas o autoritarios y conservadores. Pero particularmente entre los colorados delimitó con absoluta claridad a los batllistas de los antibatllistas con diferencias que, si bien se arrastraban desde años atrás, en aquellos tiempos adquirieron una profundidad política, ideológica y moral sin precedentes. Sin embargo, en aras de la reconciliación y reunificación partidaria prontamente las diferencias fueron confinadas al olvido en el acuerdo tácito de que los episodios que refirieran a la fractura colorada no fueran abordados. Si los batllistas y los asesinos de Brum y Grauert volvían a juntarse bajo el lema colorado, ¿cómo podían conmemorarse año a año hechos brutalmente reveladores del quiebre entre batllistas y no batllistas que alcanzo tal puntoque los primeros estuvieron dispuestos a matar a los segundos por traidores, golpistas y reaccionarios? Recordemos a Brum pero sin sobresaltos que la memoria también lastima.
Nueve días de enero que no fueron una anécdota. Fueron la manifestación de un tiempo que marco a fuego al coloradismo y cuyas consecuencias se veían potencialmente más poderosas de lo deseable si es que lograban constituirse en frontera irreductible de lo que era ser batllista y con quién era tolerable que se transara. Que todavía puedan albergarse temores de recordar la Revolución del 35 puede estar hablándonos de la problemática colorada y batllista del presente más de lo que estemos dispuestos a aceptar.
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Los nombres de los blancos y batllistas inmolados en aras de la libertad en la Revolución de Enero son: Raúl Magariños Solsona, Alberto Saavedra, Pedro Sosa, Benigno Corrales, Luis J. Gino, Enrique Goicoechea, Segundo Muniz, Marcos Mieres y Basilio Pereira. Como Zavala Muniz al poco tiempo de los acontecimientos nos preguntamos:“¿Quién los recordara?”.

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