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Relato en crisis

Gustavo Toledo

El FA alcanzó el poder tras décadas de construcción y acumulación política y cultural. Gramscismo puro. Al tiempo que le abrían los brazos a los sectores más “progresistas” de los Partidos Blanco y Colorado, se encargaron no sólo de descalificar, difamar y estigmatizar a sus adversarios, colgándoles toda clase de sambenitos, sino también de minar sus bases simbólicas e históricas, proclamándose “legítimos herederos” de las tradiciones batllista y saravista. Así, lograron imponer machaconamente la idea de la superioridad moral de la izquierda. Una izquierda que, sin embargo, al tiempo que se acercaba al poder, fue renunciando creciente y voluntariamente a sus principios fundacionales.

Trece años de gobierno sirvieron para confirmar su deriva moral, echando por tierra varios “mitos”, empezando por ese, el de su superioridad en esa materia, siguiendo por el de su incorruptibilidad, su republicanismo y su sensibilidad social.

Los hechos demuestran que nada de eso los distingue de otras fuerzas políticas y mucho menos los sitúa por encima de nadie.

Con la reciente comprobación de que la versión echada a correr en plena crisis de 2002 de que en Artigas había niños que comían pasto fue una vil mentira, el relato frenteamplista terminó de hacer agua y el rey –como en el cuento de Andersen- quedó “desnudo”.

Ni “los niños comían pasto”. Ni “los tupas pelearon contra la dictadura en defensa de la democracia”. Ni “podremos meter la pata, pero no la mano en la lata”. Ni “dentro de la constitución y la ley todo, fuera de ella nada”. Ni “los más necesitados sean los más privilegiados”.

¡Puras patrañas!

Despojado de su disfraz de mentiras, el FA está desnudo y a la intemperie. Obligado a asumir su engaño y a refundar el contrato moral que los ligó hasta ahora con la ciudadanía. Pues, no sólo traicionaron a quienes confiaron en ellos, ¡se traicionaron a sí mismos!

 

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