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Seguridad sin policías es imposible

Zósimo Nogueira

Dentro de nuestro sistema democrático republicano  el encargado de mantener el orden, preservar los derechos individuales y colaborar con la justicia en nombre del poder ejecutivo es el policía.

Siendo el ejecutor principal de las políticas de seguridad conviene aclarar que quién mas sabe de policía es el propio policía. Y ese conocimiento esta determinado en su justa medida por el grado y la trayectoria policial.

Sí decimos que la policía no funciona no hay seguridad. Por más que lo intenten jueces, fiscales, abogados y políticos competentes y bien intencionados los logros serán escasos o nulos.

Sin una función policial bien direccionada  todos los esfuerzos  que se hagan no lograran generar  seguridad.

Tampoco es cuestión de creer que con una policía eficaz  el estado va a crecer, la población se va a educar y tener las necesidades básicas satisfechas, pero sin seguridad no se puede ni enseñar, ni estudiar, trabajar , divertirse ni convivir en armonía.

Y en estos momentos de crisis, descreimiento, desazón, angustia, impotencia  vemos a opino-logos de todas las profesiones, que analizan y proponen solucione sin tener la idoneidad para implementarlas. Rara vez opina un policía profesional ajeno al gobierno.

Abogados, politólogos, científicos, periodistas organizan comisarias, patrullajes, investigaciones, prestación de garantías, operativos de orden público, custodias de dignatarios, el traslado o la captura de un criminal.

Tanto se desmerece como se sobre dimensiona la función policial.

Se desmerece por lo ambiguo o se sobredimensiona al momento de exigir o asignar responsabilidades.

La policía es una profesión con un aprendizaje académico pero mayormente empírico y circunstancial en su forma y momento de aplicar.

Ser policía requiere de conocimientos específicos, de un entrenamiento adecuado, de una formación, de sentirse parte de un instituto jerarquizado con atribuciones y responsabilidades  condicionadas por grados  jerárquicos y una relación de subordinación y dependencia.

Desde un tiempo a esta parte muchos colegas se desviven por el status académico de una licenciatura o un doctorado, siendo que en los países más desarrollados esos títulos son simples requisitos previos para el ingreso a determinadas especialidades policiales.

Para ser un profesional en materia policial se requieren conocimientos de derecho pero no necesariamente del rango y amplitud que debe poseer un abogado, un escribano o un diplomático, pero a ello se deben sumar condiciones físicas,  habilidades para manejo de armas, tecnologías, y amplio conocimiento de las actividades de los diferentes organismos estatales y privados.

Del terreno en donde ejerce su función, de sus atribuciones, responsabilidades y espacios de decisión.  Los jueces y fiscales actores protagónicos en el tema seguridad, conocen de leyes, derechos, obligaciones  pero no se les puede exigir que planifiquen y desarrollen en el terreno operaciones para neutralizar el accionar delictivo.

En ciertos lugares resulta imposible  brindar asistencia sanitaria, ambulancias son asaltadas, y  médicos objeto de vejaciones y atropellos.

Resulta muy difícil enseñar en un liceo o escuela de UTU, cuando a la salida del turno se generaliza una batalla campal entre estudiantes y eso que esta lindando con la comisaria.

No hay duda, está fuera de discusión, que las políticas de gobierno en materia de seguridad deben partir del ejecutivo y legislativo pero cuando  algunas personas o instituciones asumen todos los roles y diagraman todas las soluciones vamos al fracaso e inoperancia de gestión.

Se pueden realizar propuestas sobre la seguridad pero el tema central es policial, y el buen administrador, el buen jefe es aquel que obtiene los mejores resultados con el involucramiento profesional de sus subordinados.

Recuerdo que el ex ministro Stirling decía que  no era policía, pero que sabía lo que reclamaba la comunidad. Sin alterar ni saltear jerarquías, trasmitía a los jefes de unidades esas demandas ciudadanas, recibía las propuestas para la solución, asignaba recursos, disponía apoyos si fueren necesarios e indicaba prioridades. Los mandos policiales actuaran profesionalmente.

Esa forma de gestión imperó en el Ministerio del interior hasta la llegada de la actual fuerza política gobernante, que monopolizo las decisiones restringiendo la autoridad de jerarcas y mandos medios.

Sin lugar a dudas Stirling fue el Ministro con mayor aceptación popular luego del advenimiento de la democracia, y con menos resistencia de las fuerzas políticas opositoras. Su mandato cubrió parte de dos administraciones y ceso al ser elegido presidenciable.

Su éxito con la comunidad se debió al permanente contacto  con la ciudadanía a través de las mesas de convivencia, y los programas de vecino alerta y la policía de proximidad dando inicio a la policía comunitaria, de mucha aceptación y reivindicada en muchos programas.

El Ministro es la figura política y como dice el profesor  Flores Silva, es un tomador de decisiones, administrador de tiempos, explicador de problemas, situaciones y políticas públicas, receptor de mensajes populares, negociador entre posiciones encontradas, un ida y vuelta con la opinión pública  y un constructor de consensos. Pero quién más sabe de policía es el policía  y no puede ser excluido de ninguna mesa de análisis y búsqueda de soluciones en el tema Seguridad pública.

Las adecuaciones jurídicas requieren de abogados, fiscales, jueces. Pero la gestión y reordenamiento de las unidades policiales necesariamente de las jerarquías policiales, con su disciplina y las obligaciones del estado policial.  Todo ello dispuesto y armonizado por el poder político con la línea directriz del ejecutivo, el control habitual del legislativo y la supervisión del poder judicial

Son las reglas de la Democracia y el Estado de Derecho.

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